lunes, 28 de noviembre de 2016

Henna y Mehndi: un breviario cultural

«Amid the eddy of these dream fragments,
Amid the smell of henna and the twanging of the guita,
Amid the waves of air…»
Tagore.*

Lo que se conoce como Henna es una pasta cuyo ingrediente principal son las hojas de Lawsonia spp. Se cree que su uso se remonta al antiguo Egipto, a partir de ahí los comerciantes persas y árabes la propagaron al Medio Oriente llamándola Hannaa´ó Hinna, de donde deriva el actual Henna. En esta región fue adoptada por las culturas oriundas y utilizada como pigmento para decorar la piel, aunque el resto de la planta también fue muy utilizado como medicamento o en la elaboración de perfumes. 1
Probablemente el efecto medicinal propició que la Henna se considerara Baraka, palabra árabe que refiere suerte y bendiciones, de manera que fue incluida en rituales de salud y belleza, por ejemplo: La noche de Henna, en India. En esta ceremonia, realizada en vísperas de una boda, la familia del novio se reúne con la novia para decorar sus manos y pies, con la finalidad de  protegerlas contra el mal de ojo, además de desearles buena fortuna, amor y fertilidad en su matrimonio. 1 Por su parte los primeros cristianos en Israel la usaban como símbolo de fertilidad, mientras que las mujeres musulmanas la usaban para teñir su cabello y las puntas de los dedos cada que se daban un baño. 1,2
Debido a la costumbre de atribuirle cualidades alegres a la Henna, en algunas culturas se prohíbe su uso durante el Luto o funerales. Pero esta regla no aplica al difunto, pues de hecho, se usó para disimular los olores de la descomposición del cadáver, e, incluso, en ciertos grupos Islámicos, se llegó a pensar que la decoración con Henna en la frente de los muertos, hacía a éstos más agradables frente a los ángeles, de manera que se aseguraba su entrada al cielo.

Mehndi y arte corporal.
Aunque la palabra Mehndi se ha asociado a los dibujos que se trazan en manos y pies, en realidad no hay evidencia suficiente para corroborar que esto sea correcto, de hecho Mehndi significa Mirto, un arbusto parecido al Lawsonia spp. El término hace alusión al parecido entre ambos, lo cual explica por qué se usa indistintamente tanto para el arte corporal como para los perfumes o aceites que se obtienen a partir de esta planta. 2
Respecto al arte corporal poco se sabe. Por lo pronto una de las costumbres más comunes, hasta la fecha, es la de sumergir los dedos de las manos en una solución de Henna, esta decoración puede ser utilizada en un día cualquiera, o para una boda, indistintamente.  De los trazos como tal no puede asegurarse ningún simbolismo, las mujeres los usan simplemente de acuerdo a su gusto; si bien cada cultura tiene su propio estilo es usual encontrar flores de cuatro pétalos, o la flor de loto, como base del diseño, o bien, representar piezas de joyería como brazaletes, pulseras,  anillos… entre otros. 2 Debido a que las palmas de las manos se relacionan con apertura y los dorsos con protección, se suele dibujar en ambas partes, como símbolo de equilibrio.3
El arte corporal con Henna, como cualquier otro tipo de arte, no tiene límites. Tan es así que ha sobrevivido ya cientos de años, dándose a conocer en más regiones del mundo cada vez. En Occidente, a finales del siglo XX, algunos artistas, como Madonna, comenzaron a portar intrincados diseños de este estilo, explotando su popularidad.   
Como a veces pasa, el exceso de información es desinformación, en este caso ya sabemos que no es lo mismo Henna que Mehndi; que Mehndi es un término que comparten plantas, perfumes y dibujos, y que los “tatuajes con Henna” no son exclusivos de la cultura Hindú (dicho sea de paso, tampoco son propiamente tatuajes, pero ese es otro tema).




1. Mary Packard. 2012. Henna Sourcebook: Over 1,000 traditional designs and modern interpretations for body decorating. Race Point Publishing. 224pp
2. Marie Anakee Miczak.  2001. Henna's Secret History: The History, Mystery & Folklore of Henna. iUniverse. 326 pp.

3.  Loretta Roome. 2014. Mehndi: The Timeless Art of Henna Painting. St. Martin's Griffin. 176 pp